Nota: por motivos de seguridad y por deseo expreso de las personas que serán citadas en este artículo-reportaje los nombres con los que nos referimos a ellas son ficticios.


Hace unos meses conocimos de la existencia de un empresario muy comprometido con las mujeres víctimas del terrorismo machista y decidimos entrar en contacto con él para que nos contara su experiencia, su labor y la razón por la que decidió realizar esta actividad. Óscar Ruiz (ya hemos dicho que este no es su verdadero nombre) tiene, a pesar de su juventud, junto con sus socios, una empresa del sector tecnológico con más de 200 trabajadores en nómina.

«Hace unos años, uno de nuestros clientes, una empresa del IBEX-35, nos planteó un proyecto para gestionar el backoffice de una de sus líneas de negocio. Yo llevaba años rumiando la posibilidad de hacer algo que beneficiara a las mujeres víctimas de violencia machista pero que no fuera caridad sino algo más. Cuando este cliente nos hizo la propuesta enseguida me di cuenta de que era la oportunidad que había estado buscando. Se lo planteé a mis socios y a ellos les pareció una buena idea, así que, a través de la Administración de Justicia, nos pusimos en contacto con diferentes casas de acogida para ver si lo que había pensado era factible de implantar allí, teniendo en cuenta la situación psicológica en que se encuentran estas mujeres. En algunos casos hubo reticencias, pero lo normal es que acogieran el proyecto con ilusión. Finalmente, le presentamos a nuestro cliente cómo planteábamos llevar a cabo su proyecto y nos dieron su aprobación». Desde entonces 60 mujeres víctimas de violencia machista realizan esta labor.

«Como ya dije no se trata de caridad. Son trabajadoras que tienen el mismo estatus que el resto, cobran el salario que les corresponde más una serie de pluses que toda la plantilla tiene». Sin embargo, hay algo más, por mucho que Óscar no lo quiera reconocer porque a pesar de que él les quiera dar el mismo tratamiento que al resto de sus trabajadores, el hecho de que a estas mujeres se les esté dando una oportunidad laboral ya es algo que en estos tiempos no es muy normal.

«Es cierto que hemos recibido críticas, incluso que se nos haya dicho que les damos esos puestos de trabajo por ser quienes son sin tener en cuenta que hay otra mucha gente que está en el paro que tiene mucha mejor cualificación. La realidad nos está demostrando que son tan válidas como cualquiera porque cumplen con creces con los objetivos cuantitativos marcados y, además, con una ratio cualitativa que supera en mucho lo que exige el cliente».

Pero ahí no acaba todo. Aileen Blanco, una de sus socios, nos cuenta que este proyecto no es una cuenta más para Óscar. «Se desvive por ellas. Llama a los centros constantemente para conocer si necesitan algo y todos los meses las visita, no como jefe, sino para estar con ellas. Yo he estado con él y con su mujer en más de una ocasión y lo que he visto allí me ha marcado mucho y, sobre todo, me ha hecho entender el empeño que Óscar pone en esto. Merece la pena y no por lo que puede significar económicamente o empresarialmente, no, es por lo que te enriquece y porque sólo allí me he dado cuenta de que lo que hacemos tiene una utilidad real. Cuando sales de alguno de esos centros y te metes en el coche no puedes reprimir las lágrimas que has tenido que contener para que no te vean y piensen que has ido allí por lástima. Yo he llorado mucho pero no de pena, más bien de emoción y de satisfacción. Lo que organizó Óscar sobrepasa todo lo que yo haya vivido desde que tenemos la empresa y cada día que pasa, más me alegro de haber aceptado que ese proyecto se llevara a efecto tal y como lo planteó él».

La implicación de Óscar con estas mujeres va más allá del mero contacto empresarial, tal y como nos reconoció Aileen. Siempre está pendiente de si les hace falta otro tipo de cosas. Ofreció a cada uno de los centros donde se desarrolla este proyecto la posibilidad de incorporar psicólogas pagadas de su bolsillo. «Cuando te pones cara a cara ante la situación real de esas mujeres te das cuenta de que aunque están a salvo en las casas de acogida necesitan algo más porque un cabrón les ha roto la vida. Por eso es necesaria la asistencia psicológica, no sólo para hacerlas superar su drama sino para prepararlas para la vida una vez que abandonen los centros de acogida. También es fundamental que esa asistencia psicológica se aplique a los niños porque éstos han sufrido el drama y hay que evitar que les genere traumas».

En la conversación surge una pregunta sobrevuela y es si han tenido algún problema con los maltratadores. «Sí. En más de una ocasión se han presentado en los centros exigiendo que la mujer saliera y volviera a casa, en algunos casos con bastante violencia. En este sentido debo agradecer a las Fuerzas de Seguridad la protección que les dan a las mujeres y que dieron fin a estas situaciones con una gran profesionalidad y, sobre todo, con un modo de actuar que hizo que las mujeres prácticamente no se enteraran de lo que había ocurrido». Aileen nos cuenta que el propio Óscar fue víctima de alguna situación incómoda al verse obligado a enfrentarse a uno de estos maltratadores. «Un día se presentó en la oficina con un pómulo hinchado. Le habían pegado un puñetazo pensando que él era el director del centro».

La expresión de Óscar delata que no está muy cómodo hablando de estos temas porque, como repite una y otra vez, «no se trata de una obra de caridad, es algo más importante». Sin embargo, podemos denotar que su mirada se ilumina cuando le preguntamos por las mujeres en sí.

«Son fantásticas. Desde un punto de vista laboral lo dan todo, sin una mala cara o sin un mal gesto. Desde un punto de vista personal, a mí me están aportando mucho más de lo que están recibiendo. Yo sé que ellas están muy agradecidas al proyecto porque las psicólogas y las personas que trabajan en los centros me informan casi diariamente de ello. Lo importante no es sólo darles una oportunidad laboral, sino que a través de este proyecto tengan, en primer lugar, independencia económica, y, en segundo lugar, independencia personal. Muchas de ellas aguantaron lo que aguantaron por una conjunción de esa dependencia al hombre y, sobre todo, del trabajo psicológico inverso que esos monstruos les hacen para que se sientan insignificantes, para que se sientan solas y para que crean que no hay nadie más junto a ellas. Muchas veces estas mujeres no denuncian precisamente por esa dependencia, por esa soledad. No es sólo que tengan miedo de denunciarle sino que se une que no vean claro el futuro, no sólo personal, sino para sus hijos. Esa es una de las intenciones principales del proyecto: darles independencia económica y que vean un futuro. Desde que empezamos ya ha habido cuatro mujeres que han salido de los centros y continúan trabajando en el proyecto. Han rehecho sus vidas y eso es lo que más satisfacción me da».

Después de una larga conversación nos dirigimos con Óscar a uno de esos centros para hablar con las mujeres y verlas trabajar. Las medidas de seguridad son muy fuertes y nos tenemos que identificar en tres ocasiones antes de acceder a un salón donde imaginamos que es donde las mujeres descansan, ven la televisión o conversan. La puerta se abre y esperamos a que entre en la habitación la coordinadora del centro pero no es así. Una niña de unos seis años con un muñeco de Toy Story en la mano se abalanza materialmente a los brazos de Óscar. Éste le da un abrazo y un beso y le pregunta por sus dos hermanos a la vez que saca de su bandolera una bolsita de gominolas que le da. «¿Quién es?», pregunta mirándonos con desconfianza. «Son unos amigos, no te preocupes». La niña nos mira y se vuelve a dirigir a Óscar: «Son buenos, ¿verdad?». «Claro que sí, si no fueran buenos, no los traería aquí. No te comas todas las chuches, ¿vale?». La niña se ríe, nos saluda y se marcha. Óscar nos cuenta que su madre sufrió agresiones durante más de diez años y que «en una ocasión en que ella amenazó con irse de casa con los niños el salvaje cogió al más pequeño y lo sacó por la terraza del piso cogido por los tobillos diciendo que si se atrevía a marcharse lo tiraba a la calle».

Antes de que esa historia nos impresionara entró la coordinadora del centro, una mujer de unos cincuenta años que nos saludó con cierta desconfianza pero con cordialidad, todo lo contrario que con Óscar, a quien dio un abrazo lleno de cariño. En aquel salón nos contó lo que ha supuesto la entrada del proyecto de la empresa de Óscar para las mujeres. «Se sienten útiles, se sienten parte de algo que no les va a hacer daño y, por encima de todo, se sienten queridas porque Óscar cuando viene aquí es uno más, no es el jefe, es Óscar, es el hombre que les ha dado un trabajo pero que se preocupa por ellas».

Realmente, la rutina laboral de estas mujeres es la habitual pero con el agravante de que esa normalidad antes de la llegada de Óscar no era tan normal. «Se pasaban las horas dándole vueltas a su situación, autocomplaciéndose y compartiendo con sus compañeras sus desgracias. Ahora tienen una esperanza y se aferran a ella dando lo mejor de ellas. Por encima de cualquier cosa van comprendiendo que su vida puede continuar sin estar sometidas a su maltratador».

Salimos del centro con la sensación de que hemos vivido una experiencia irrepetible. Las muestras de cariño hacia Óscar eran constantes. Este hombre, a pesar de su juventud, ha adquirido una responsabilidad muy grande pero que le da muchas satisfacciones personales. En el coche le preguntamos si él es el único empresario con proyectos así. «No. Somos cinco o seis en toda España y estamos en contacto permanente para buscar nuevas ideas o nuevos proyectos para que ninguna mujer víctima del machismo se quede sin denunciar por un tema de independencia económica. Es un asunto muy grave lo de la violencia machista, o lo del terrorismo machista, como queráis llamarlo porque sólo se podrá erradicar con más educación sobre la igualdad en los colegios y menos adoctrinamiento religioso. El otro día leí en vuestro periódico un artículo en que se decía que son asesinadas por sus parejas o por sus maridos más de dos millones de mujeres al año y lo comparabais con los muertos del ISIS. No hablamos de un asunto que se dé en países tercermundistas sino que es un problema a nivel mundial. Los países donde más se maltrata a las mujeres es en los “civilizados” países escandinavos. Se trata de un problema global pero con una solución a largo plazo. Ahora lo único que se puede hacer es adecuar las penas a los asesinos a las que recoge el Código Penal para delitos de terrorismo, pero no es una solución, es más bien una medida preventiva». Le preguntamos hasta dónde va a llegar con este proyecto o si tiene en perspectiva alguno más y él nos responde que algo puede haber para primeros del año que viene y que «haré todo lo que esté en mi mano para, al menos, ser útil». No hace falta decir nada más.

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