Ayer conmemoraban miles de católicos el vigésimo aniversario del fallecimiento de Juan Pablo II, hoy santo de la Iglesia, con un mismo argumento: el papa que acabó con el comunismo y último verdadero portador de la cruz de Cristo. Miles de católicos señalando ese conservadurismo que no solo se reflejaba en lo eclesiástico sino en los político-social. Juanpablistas todos de los que les interesa, esto es, de aquello que encaja con la propia posición sociopolítica y algo menos eclesiástica y doctrinal. El santo polaco no tanto como cuenta la leyenda y sí un gran conocedor de las épocas que le tocaron vivir, frente a las que respondió con la misma valentía en que gritó aquello de «¡No tengáis miedo!».
Si bien es cierto que su actitud y valentía, más la canalización de fondos ¿CIA? hacia el sindicato Solidaridad, son evidentes, no lo es tanto que su acción pastoral fuese la que propiciase la caída del telón de acero y todo el conglomerado soviético —si es que ha caído porque los mismos conservadores y liberalotes parecen afirmar que persiste bajo Vladimir Putin—. Él mismo reconoció que aquello se había ido de las manos como leyenda urbana. Desde luego puso su granito de arena pero hubo muchísimas circunstancias que propiciaron aquello. Juan Pablo II no hizo otra cosa que seguir la doctrina de la Iglesia católica contra el comunismo y los procesos colectivistas de cualquier tipo.
Desde luego su carisma —doble carisma en su caso, el católico y el social— contribuyó en buena medida a deslegitimar ciertos sistemas que tendía a sojuzgar a la persona —cabe recordar que Wojtyła provenía de la corriente personalista como bien se comprueba en sus libros, artículos y encíclicas—, a someterla, a desnaturalizarla… Todos, y hay que remarcar todos, esos sistemas le parecían horrendos al buen del santo polaco. De ahí que, no negando que en la misión de la Iglesia existe una preferencia por los pobres —algo que está presente en el Evangelio y en la larga Doctrina—, desmontase en cuanto pudo aquella Teología de la Liberación que estaba confundida por los medios empleados, como bien se recordó desde el hoy Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Esto es algo que pone cachondos a muchos, especialmente los que siguen peleando contra sombras. Pero se olvida todo lo que llegó a decir en contra del neoliberalismo y del capitalismo de corte reaganiano y thatcheriano.
En la encíclica Centesimus Annuns expresó que la forma económica, al menos la más cercana a la concepción católica, debía permitir, lo primero, la libertad religiosa, la propiedad privada, el comercio, la subsidiariedad y la solidaridad entre las personas. Se alegraba de la caída del comunismo y reconoció que en esos momentos solo quedaba en pie el capitalismo (o mercado libre como lo llamaba) pero «no es la única alternativa». ¿Cómo es posible que dijese eso? ¿A qué se refería? ¿Sería socialdemócrata? No, socialdemócrata no era en sí, pero neoliberal tampoco.
En la exhortación apostólica Ecclesia in America denunciaba el «pecado social del neoliberalismo, sistema que haciendo referencia a una concepción economicista del hombre, considera las ganancias y las leyes del mercado como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad y del respeto de las personas y los pueblos. Dicho se ha convertido, a veces, en una justificación ideológica de algunas actitudes y modos de obrar en el campo social y político, que causan la marginación de los más débiles». Ese «imperialismo internacional del dinero» como llamaba al proceso que hoy gobierna el mundo le parecía inmoral. En Solicitudo rei socialis afirmaba «la doctrina social de la Iglesia asume una actitud crítica tanto ante el capitalismo liberal como ante el comunismo colectivista».
Haciendo un inciso, porque ustedes igual no lo recuerdan, cuando Benedicto XVI publicó su encíclica Caritas in veritatis se le acusó de anticapitalista, por los mismos que luego le vendrían a alabar paradójicamente, mientras que él postulaba, con toda la razón del mundo, que no hacía más que seguir la estela de su antecesor. Eso por no hablar de todos sus escritos sobre lo que provoca el liberalismo en la sociedad y las personas —escritos que nadie lee, por cierto—.
Es normal que opusdeístas (Opus Dei), kikos (Camino Neocatecumenal), cielinos (Comunión y Liberación) o legionarios (de Cristo) —aquellos que no están implicados en los muchos escándalos que han tenido dentro del movimiento— sean muy devotos de Juan Pablo II. No en vano se apoyó en todos ellos, como también haría en los focolares, y los tenía como su ejército pastoral y misionero. Pero es que en aquellos años, tras la embestida del neoliberalismo primigenio, el protestantismo y el laicismo/ateísmo ganaban terreno en aquellos lugares donde se había sido católico de toda la vida. Europa se consumía, paradójicamente, en las manos del capitalismo globalizador y el “último hombre” y tenía pocas armas con las que luchar. Tras haber “derrotado” al comunismo se encontraba en una lucha diabólica con los supuestos aliados.
Todo esto, toda esa lucha contra el individualismo, contra el colectivismo, contra la miseria en el mundo, contra el capitalismo desbocado, contra la destrucción de los lazos comunitarios y religiosos que estaba llevando a cabo el propio sistema se ha olvidado. En parte porque les interesa a aquellos que ayer recordaban al santo polaco seguir en el momio sistémico, en parte porque muchos se encuentran completamente desorientados frente a todo lo que hay enfrente, en parte porque hay muchos fariseos o posturetas. Juan Pablo II fue el último gran papa de la cristiandad —como Ratzinger fue el último gran teólogo— y eso hay que reconocérselo.
Hay una anécdota graciosa cuando Antonio García Santesmases, catedrático de Filosofía y miembro de la rama izquierdista del PSOE, le decía a Felipe González que las encíclicas de Wojtyła, toda su doctrina, era más progresista que las propuestas del presidente español. Hasta ese punto llegó su capacidad de atracción, pero no vale amputarle parte de su legado porque viene bien a la postura de cada cual en sus contiendas políticas. Aquel «¡No a la guerra!» resonó en todo el orbe, pero no alumbró todas las conciencias. Lo mismo pasa hoy en día con algunos movimientos progresistas y el papa Francisco. Todos son católicos y eso está por encima de ideologías y posiciones personales.